Hoy tengo ganas de escribir. Y me debo una felicitación. Hoy me caen mis dos primeras décadas y estreno nuevo número –no sin cierto reparo–. Sin embargo, busco bajo mis pies algún centímetro de más y
en mi cabeza menos pájaros. Nada, oye. Las mismas tonterías enjauladas; y bajo mis pies, solo unas zapatillas demasiado desgastadas.
A decir verdad, tampoco el día es distinto. ¿
Sabéis que suele llover cada 29 de marzo? Este no, por lo visto. No obstante, fuera las nubes se pasean igualmente para que no las eche en falta. Dentro de casa también hay el mismo paisaje de ayer o pasado mañana: el pelo me moja la nuca después de una agradable ducha, me llega el olor de una taza de leche
bien cargada de ColaCao, el ordenador portátil me canta
esa canción que tan lejos consigue trasportarme siempre, y apoyo mi codo en un libro de bonita portada mientras los apuntes descansan más allá, cuando claramente debería ser al revés.
Tsk.
Como siempre, me he ido por las ramas y esto ha resultado ser la
auto-felicitación más extraña jamás vista (por si el concepto en sí no lo era ya suficiente). Pero hoy perdonaré mis letras y dejaré descansar la tecla de
suprimir a modo de auto-regalo. Anna-yo-mí-myself, te regalo tus letras.
Y no le busquéis demasiado sentido a esta actualización. Me apetecía escribir y mi cabeza

está demasiado lejos de aquí como para meterle sentido. Además, y como ya os he dicho,
me debía una felicitación.
Para que después digan que no me quiero a mí misma. (๑◕‿←๑) ¡JÁ!